martes, 31 de marzo de 2015

El esofago ardiente

Había una vez un esófago que ardía. Todo empezó aquella tarde naranja y tranquila en Playa del Carmen cuando lo contrataron sin querer para trabajar en una sala de ventas en un hotel para vender un producto que él nunca compraría.
Los horarios eran distintos cada día, comía a deshoras y a veces no le daba tiempo de comer, otras veces de cenar y siempre siempre que alcanzaba, comía como si en casa el refri estuviera vacio.
Su delirio como platillo eran las papas fritas y la carne, alimentos que preparaba siempre de la misma manera. Les ponía salsa picante, limón, sal y mucha pimienta. Y así hasta verse saciado cumplía con su deber de trabajar vendiendo aquél producto que él nunca vendería.
En el trabajo los resultados de su desempeño eran pobres e insuficientes por lo que su jefe lo presionaba en todo momento cosa que le angustiaba y causaba estress.
Así pasaron los días, las semanas y algunos meses hasta que el trabajo se hizo insostenible y en casa, no podía más cumplir con todos los gastos.
La novia del esofago, un esofago italiano no dejaba de presionarlo.
El esófago se encontraba triste y deprimido y no podía hacer otra cosa que arder; ardía por un cambio, imploraba por su vida!
Un buen día ya sin trabajo, sin dinero y sin esofago italiano recurrió a una chamana, una bruja, maga, mujer sabia, abuela, sanadora y vidente que aparte da masajes, da reiki, aromaterpia, flores de bach, hace jabones, shampoos de avena con sabila, hace un pan delicioso y da clases de acro yoga, de esas que viven dentro de la selva, en palmas 2 para pedirle ayuda. La mujer después de hacer muchas preguntas personales sobre su estilo de vida, sus hábitos; su árbol geneálogico e incluso tan atrás, hasta llegar a otras vidas, de otros tiempos y en otros espacios le dijo: Sr esofago, te distrajiste de tu camino, extraviaste el motivo, se te han apagado las ganas de inspirarte en los milagros de la vida: como un amanecer o una buena comida. Tu zona de confort no te hace feliz, no te hace crecer y tu espíritu se entristece, después hizo una pausa y le tiro algunas cartas; también algunas piedras brillantes y prosiguió: para que dejes de arder  no solo tendrías que cambiar tu manera de comer y no me refiero a dejar de beber refrescos y alcohol o fumar, comer cosas fritas o animales maltratados muertos de lentitud, crueldad y sufrimiento. Tampoco te digo de dejar de consumir azúcar no, u olvidartee de las harinas blancas, refinadas y aderesadas con gluten que solo tapan el intestino que se atasca de esa masa apelmasada que lleva años formándose, pudriéndose y en total descomposición; pegándose en las paredes de un pariente, el intestino cansado ya de tanto trabajo, que cada vez es más y cada vez es peor. Sin contar todo alimento procesado que nos acidifica el cuerpo y nos hace vulnerables a desarrollar tumores, diabetes, paros cardíacos, cerebrales y eso que nos previene y nos limita de vivir en el aquí y el ahora.
Tampoco le dijo de comer rica y dulce fruta algunas veces al día o de iluminar sus platos con los colores vivos de los vegetales. NI tampoco le pidió que fuera tajante, ni radical, ni fanatico como para dejar productos cómo la miel, o el producto de gallina o de ves en cuando un lacteo. -No señor, eso no le dijo!
-Entonces que le dijo?
La futura madre y mujer empoderada le dijo con voz dulce pero firme, suave pero flexible, clara y amorosa: Debes irte de Playa del Carmen, estudia nutrición para que tu alimento sea tu medicina, estudia permacultura para que dejes de echarle la culpa al sistema. Trabaja por tu comida y si puedes, cultívala y cosechala tu. Aprende eso también. Comete todo lo que este servido en tu plato sin etiquetar ni prejuzgar nada. Come de todo. Agradece y reconoce al cocinero. Si eres tu, recuerda que eres un artista. Agradece la fuente del alimento, puede venir del mar, de la tierra, haber sido un animal o su derivado. Haz una oración si eres creyente o una meditación mientras esperas que te llegue un sentimiento de dignidad por el hambre, y las ganas de comer aparecen. Hay que ser paciente, especialmente los primeros días.
Después esto se te hará una costumbre y dejaras el ritual. Simplemente incorporaras todos los pasos en un solo tiempo, el eterno presente.

Agradecido y todavía muy ardido el esófago comenzó su viaje. Renunció a su vida y caminó a lo desconocido, primero por la playa, luego por la selva baja, después la media hasta llegar al pie de una montaña donde él tocó la puerta. La puerta se abrió y tras de ella un esófago alegre lo recibió con cariño, le dio un lugar donde dormir y le dio un trabajo para hacer: Tenía que cuidar un huerto, mismo que le daría de comer. Ahí conoció a otro esófago que ayudaba de manera voluntaria también, y se enamoró.
El esófago en aquella montaña, después de la jornada en el huerto, cada día se reunía con los demás esófagos a comer. Antes de empezar había la costumbre de cerrar los ojos y agradecer por los alimentos que tenían sobre su mesa.
Ahí trabajó, y sobre todo aprendió cosas nuevas día tras día, semana tras semana y poco a poco el esófago ardiente sanó, recuperó su alegría y dejó de arder.

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