lunes, 8 de febrero de 2016

Había una vez un pensamiento que no me dejaba ser.


El se instaló creo cuando apenas tenía 15 y el destino me hizo volver por falta de papeles. Volver para estar con ella no me causó tristeza, mi tristeza la querìa guardar para cuando ella ya no estuviera, así que tuve que ser fuerte y pretender ser feliz mientras en mis visitas la atendía como si fuera mi hermana que casí lo era; era mi prima.
El olor de la habitación era a pastilla, a hospital y a medicina. A veces tenía yo que esperar antes de poder entrar para que mi prima se pusiera una peluca y dejara de llorar. Cuando entraba ella también pretendía estar viva y casi alegre de verme. Extendía sus brazos y me pedia que la abrazara fuerte, entonces ella al oído me susurraba con un grito que no se querìa morir y el llanto se apoderaba del espacio hasta que nos soltabamos y poco a poco ella se volvía a recargar en la cama que nunca más dejaría excepto para morir pronto algún día en nuestro futuro.
Escuchabamos música y ella como no hablaba inglés me pedía que le tradujera canciones. Después jugabamos a las cartas para ser interrumpidos por la enfermera con un cocktail de pastillas de colores tan vivos como los dulces. El momento esperado era jugar "turista" porque no solo nos gustaba competir en todo desde siempre, nos gustaba el poder que éste juego nos daba y al final terminabamos peleando. Procurabamos poner la música y hablar fuerte para no escuchar los gritos de pena y tanto dolor que en el piso de abajo se escuchaban; más horribles que cualquier horror.
La cargaba para dejar descansar las llagas de su espalda baja que se le habían hecho por ya no pararse de la cama. Sentía un alivio reconfortante para su cuerpo mutilado. La paseaba por todo el piso arriba, ibamos al cuarto de sus papás, mis tíos, después al de "moco" su hermano; mi primo que jugaba con sus juguetes también pretendiendo vivir aunque nunca de manera hipocrita o dramática sino silenciosa y seria como hasta la fecha.
La volvía a depositar en la cama con mucho cuidado de no tocarle ni siquiera mirarle su pierna y un día sin querer la sábana que la cubría se deslizo dejando al descubierto un bulto tan grande que parecía un melon atrapado en lo que alguna vez había sido una rodilla.
Pasarón algunos meses, quizá 4. Ella ya había cambiado de habitación a la de sus padres donde el sol de la tarde daba por más tiempo. Ella chupaba una paleta y miraba al cielo con indiferencia. Platicamos hasta que me fui.
Al otro día como todos los días la fui a ver pero la cama estaba vacía. La habían llevado al hospital la noche anterior. Ahí me quedé, solo para estar, quizá comí cuando "moco" subiendo las escaleras me dijo con voz o más bien fue con una mirada que se había muerto.
Los llantos de muchos por toda la casa, a veces gritos me dejaron mudo y serio. No dije nada más. Seguí con mi vida, con la escuela, con el tenis y empecé a salir a beber con los amigos. El pensamiento sigue porque no es un recuerdo, de hecho no recuerdo tanto pero ese pensamiento horrible que se traduce en miedo y me paraliza; no me deja a veces vivir. Ya pasaron 25 años y ese pensamiento viene y va como las olas del mar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dejáme un comentario!