Nunca pensó que aquella chica sería después un amor o piensa en esa posibilidad, con un poco más de malicia, cada vez que mira chicas en un amor quizás.
La rutina los puso juntos, comenzaron a hablar, a conocerse. Ella dominaba el espacio y él la conversación. Ella de cuando en cuando lo interrumpia para hacer una pausa natural al momento; detenía el instante, encontraba el detalle, lo específico, lo maravilloso del saber que esta sucediendo.
Se enamoró. Entonces el hablaba más, ensalsaba sus historias para hacerlas intrepidas, largas e interesantes para ser una y otra vez interrumpido por toda esta nueva información que esta chica traía.
Se hicieron amigos. Comían a la misma hora y en el mismo lugar. Hacían la digestión acompañados de dos gatos, un perro y dos caballos.
El corría atrás de ella. Detrás de aquellos shorts que encubrían un trasero joven y fuerte del que le seguían un par de piernas belludas y perfectas; llenas de piquete de mosco
El vivía en una montaña, ella lo iba a visitar. Una noche ella se quedo a dormir. El prendía el fuego para calentarse y ella preparo la cama.
Nunca pensó que aquella chica sería después un amor o ya no importaba. Se abrazaron y se besaron a la luz de la luna debajo de un techo que es ni más ni menos que el cielo. El veía figuras abstractas e infinitas en el va y ven de las copas de los árboles. El viento silbaba. Ella cerraba sus ojos y de ves en cuando interrumpía.
La chica se fue y él ya no.
Se quedo llenando su boca de paisajes de planetas enteros cubiertos de miel, donde las casitas flotaban sobre nubes con jardines mentales en cielos de papel.
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